| |
¿Qué es la Helicicultura?
La Helicicultura es el arte de criar caracoles
con objeto de aprovechar su carne y sus productos,
aunque hoy día también puede considerarse
el aspecto lúdico, es decir la cría
de caracol como hobby o afición, aspecto
este que cada vez está teniendo más
adeptos.
Helicicultura es una palabra compuesta, formada
por “helici” que deriva del latín Helix,-icis,
espiral, y cultura, cultivo. Helici pues, hace
referencia a un género de caracol que
tiene la concha en forma helicoidal.
Breve Historia del caracol
y la Helicicultura
La utilización del caracol como animal
comestible es tan antigua como la misma humanidad.
Restos fósiles de moluscos encontrados
en cavernas prehistóricas ya lo demuestran.
Los romanos fueron, no solo consumidores, sino
también importantes criadores, ya que
idearon los primeros recintos conocidos para
criar caracoles. Estos tenían secciones
separadas para las diferentes especies y ya
introdujeron la selección de los mejores
especímenes para dedicarlos a la reproducción.
El caracol y la Helicicultura
en la época romana
Según Plinio, fue Fulvius Hirpinus el
que estableció en Tarquemia, una ciudad
toscana no muy lejos de Roma, la primera coclearia
o lugar de cultivo, aproximadamente en el año
50 a.C., y en la que engordaban a los caracoles
con vino y con salvado, alcanzando una merecida
importancia.
No solamente se dedicaban en las coclearias
a la mejora de las especies nativas de caracoles,
sino que en ellas se criaban también
otras especies procedentes de Iliria, del norte
de África, de Boreales, de Capri y de
Liguria. Aunque algunas especies de estos caracoles
son todavía apreciadas, en la actualidad
no alcanzan, ni con mucho, la estimación
que gozaron entre los romanos.
Algunos de estos parques de crianza de caracoles
se establecieron en Pompeya, junto al Vesubio,
donde siglos más tarde los arqueólogos
descubrieron miles de conchas que demuestran
que el comercio de caracoles en aquella época
era un negocio redondo. Por otra parte, Plinio
hablaba ya entonces de los caracoles asados,
degustados con vino y servidos como entretenimiento
de las comidas. En la Galia romana se tomaban
junto con las frutas y los quesos. Según
una reciente investigación hecha por
la Universidad de Cádiz, los caracoles
formaban parte de los ingredientes que contenían
las vasijas de Garum (salsa que se usaba como
condimento en la época antigua y que
era muy apreciada) que se han encontrado en
los restos de un pecio de época romana
hundido en la Costa Mediterránea.
El caracol en la Edad
Media y en la Edad Moderna
También fue una época de apogeo
de los caracoles la Edad Media, en la que se
consumían en abundancia, entre otras
razones porque esa “carne” era apta para la
abstinencia cuaresmal. Se comían los
caracoles fritos
con aceite y cebolla, en brochetas o hervidos,
y en algunos monasterios europeos fue un plato
habitual.
Parece ser, que a principios del siglo XVIII,
el caracol desapareció de las mesas nobles.
Fue un político y gastrónomo francés,
Talleyrand, quien volvió a ponerlo de
moda. Su resurgimiento llegó porque le
pidió a su jefe de cocina que los preparara
para la cena que ofreció al Zar de Rusia.
Desde ese momento, la fama de los caracoles
volvió a correr como la pólvora
por toda Europa.
El caracol y la Helicicultura en la
época actual
Hasta hace poco la actividad helicícola
se limitaba a la simple búsqueda de caracoles,
la mayoría de las veces para consumo
propio o bien para vender en mercados. A partir
del siglo pasado, las cualidades gastronómicas
del caracol empezaron a ser tan apreciadas que
pasó a convertirse en un alimento muy
solicitado, y ya en los años 60 comenzaron
los primeros intentos de cría del caracol
por parte de criadores particulares en instalaciones
rústicas al aire libre.
En España, el consumo de caracoles terrestres
tiene un notable arraigo en nuestra cultura
ya que han formado parte desde siempre de la
alimentación, especialmente, en épocas
de hambruna. Hoy constituye un plato corriente,
típico e imprescindible en ciertas festividades,
y considerado un lujo en determinados restaurantes.
Como ejemplo, podemos citar que en Logroño
se consume la sopa de caracoles a la riojana
el día de San Juan; en Huesca y en otros
puntos de Aragón, el día de San
Jorge se consumen asados con ajo y aceite; en
Álava, el 28 de abril, día de San Prudencio,
se elabora un plato muy típico que consiste
en introducir una minúscula seta dentro
del caracol; en Mallorca toman caracoles con
pollo el 3 de mayo, fiesta de la Invención
de la Santa Cruz.
En Lleida se celebra la fiesta del caracol de
Lleida, en la que destacan los desfiles de las
peñas y las carreras de caracoles. En
2006 ha cumplido su XXVII aniversario y ha sido
declarada Fiesta de Interés Turístico
Nacional en el 2005. El Aplec del caracol 2006 se ha desarrollado
durante los días 20, 21 y 22 de mayo,
en donde los 12.000 miembros de sus
aproximadamente 100 peñas,
con sus allegados, han consumido más de
100 toneladas de caracol.
El tipo de caracol que se consume en España
varía de una región a otra, e
incluso dentro de un mismo tipo hay marcadas
preferencias por determinados tamaños.
Así, el caracol más consumido
en Andalucía es el llamado caracol blanquillo,
cuyo nombre científico es Theba pisana.
Le sigue la cabrilla, o Otala lactea, y a mucha
distancia el Hélix aspersa, llamado bolluno
en Andalucía oriental y burgao en la
occidental.
El caracol más consumido en España,
con mucha diferencia, es el blanquillo, aunque
el más universal, tanto en nuestro país
como en el resto del mundo es el Hélix
aspersa.
Dentro de la especie Hélix aspersa, hay que
distinguir las variedades Petit gris y Gros
gris, cuyas diferencias en tamaño y calidad
de carne determinan los distintos mercados,
los cuales presentan notables elementos diferenciadores.
En nuestro país se consume también
el Iberus gualterianus o alonensis, conocido
popularmente por “vaqueta”, o "vaca", el caracol más
exquisito y caro de nuestra gastronomía,
y que se encuentra en proceso de extinción
debido a los abusos en su recolección.
En Andalucía está protegido, aunque
casi nada se está haciendo para su recuperación.
En otras Comunidades Autónomas se permite
su recolección, y en alguna otra se
está tramitando su protección.
Las formas de preparación de los caracoles
en España, son pues inmensas, y varían
como veremos de una región a otra. Así,
se puede hablar de caracoles a la andaluza (ajo,
cebolla, jamón, longaniza, tomates, hierbabuena,
perejil, harina, pimienta y guindilla), a la
extremeña (peregil, ajo, tomillo, laurel,
harina, huevo, limón y sal), a la palentina
(jamón, lomo de cerdo, guindilla, ajo,
tomates, chorizo, vino blanco, piñones,
huevos cocidos, perejil, pimienta, aceite y
sal), a la riojana (aceite, jamon, harina, cebolla,
pimientos rojos, tomates, sal y pimienta), a
la aragonesa (ajo, cebolla, jamon de Teruel,
lomo picante, tomate picado, harina, guindilla,
perejil picado, aceite y sal), a la madrileña
( cebolla, jamon, chorizo, tomate, caldo de
carne, comino, guindilla, pimentón dulce,
ajo, aceite y sal). Otras conocidas recetas
son: caracoles al ajillo, con alioli, conejo
con caracoles, arroz caldoso de caracoles y
acelgas, caracoles con salsa de ortigas, etc.
En algunas provincias andaluzas, especialmente
Sevilla, Cádiz, Córdoba y Huelva
son habituales encontrarlos en los bares como
“tapas”, y en otras como Valencia, es ingrediente
de un famoso plato, la paella, de la que dicen
que aderezada con el Iberus alonensis o “vaqueta",
"vaca”
es insuperable.
Aunque es en los tiempos actuales cuando la
Helicicultura se está desarrollando de
una forma clara en España, ya ha habido
con anterioridad otros intentos de despegue,
los cuales resultaron un fracaso. Las razones
de estos fracasos fueron variadas, y han venido
tanto por el lado de la oferta como de la demanda.
En el lado de la oferta podemos afirmar que
la Helicicultura era algo totalmente nuevo y
desconocido, y que los empresarios agrarios,
siempre conservadores, y que eran los que podían
haber puesto en marcha iniciativas de producción,
no se han caracterizado precisamente en este
pais por intentar innovar con nuevos productos.
Por otro lado, aquellos valientes emprendedores
que se lanzaron con buena voluntad, tuvieron
que luchar con más inconvenientes de
los que pudieron aguantar, siendo el mayor de
todos el gran desconocimiento que había
sobre las técnicas de producción
y la total ausencia de centros de formación
de Helicicultura. Al mismo tiempo, el entorno
no era propicio, pues no existían todavía
en el sector las llamadas producciones alternativas
o complementarias, como han sido luego la cría
de avestruz, chinchilla, perdiz, faisan y otras
ganaderías alternativas. Todavía
hoy, no es raro hablarles de cría de
caracoles a algunos agricultores y que les entre
la risa.
Por el lado de la demanda tampoco las circunstancias
eran las más apropiadas. El mercado estaba
abastecido con la oferta de carne tradicional:
ternera, cerdo, pollo, etc., y no eran muy bien
recibidas las innovaciones en cuestión
de gastronomía. El otro sector de gran
demanda hoy día es el de la restauración,
que por aquellos entonces no representaba ni
una sombra de lo que es hoy día.
|